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lunes, 31 de diciembre de 2018

LA MULA

En 2011, la policía de la ciudad de Michigan junto con la DEA detuvieron a un hombre de 87 años llamado Leo Sharp mientras trasladaba unos cien kilos de cocaína en una camioneta. Así, caía la “mula” favorita del cartel de Sinaloa. Sharp fue condenado a tres años de prisión y finalmente murió en 2016. Basado en esta historia tan real que parece al borde de la ficción y en este personaje que también parece hecho a su medida, Clint Eastwood consumó el retorno a la pantalla como director y actor después de diez años, y con 88 de vida encima. La mula, que se estrena el primer jueves de enero 2019 en Argentina, no es en manos del más clásico de los directores contemporáneos un mero thriller de acción o la picaresca sobre un anciano de insospechado oficio. En el rompecabezas que armó Eastwood junto a su guionista Nick Schenk –la misma dupla de Gran Torino, última incursión con doble rol de Clint–, hay un sutil ensamble de los vínculos familiares, sociales y hasta raciales que ya son marca registrada de sus últimas películas. La mula está basada en hechos reales, pero llega para apartarse de la literalidad sin por eso dejar de indagar agudamente en el mundo de lo real.
por Diego Brodersen 
La realidad, en ocasiones, supera con creces a la más febril de las ficciones. En  año 2011, un grupo de policías del estado de Michigan, en cooperación logística con la mismísima DEA, arrestó a Leo Sharp, un anciano de 87 años, mientras trasladaba en una camioneta casi cien kilos de cocaína pura, terminando de esa manera con un “oficio” de diez años como la mula predilecta del cartel mexicano de Sinaloa. Antes de eso, Sharp, conocido en el submundo del narcotráfico como El Tata, supo descollar internacionalmente como horticultor –en particular con su cuidada producción de azucenas– y, antes de eso, había formado parte del ejército aliado durante la Segunda Guerra Mundial. El periodista del New York Times Sam Dolnick escribió varias notas sobre el caso. En la más extensa de esas crónicas, publicada poco antes de la muerte de Sharp en 2016, describe en detalle el momento en el cual el acusado recibió la sentencia por sus crímenes. “Finalmente, llegó el turno de Sharp. Se dirigió al juez con una voz suave, como si croara. ‘Estoy realmente apesadumbrado por lo que hice, pero ya está’. Luego hizo una última y extraña petición. Si podía evitar la prisión, se proponía pagar la multa de 500.000 dólares que le debía al gobierno cosechando papayas hawaianas. ‘Es tan dulce y deliciosa’, dijo con una voz a punto de quebrarse. Pero el juez no mordió el anzuelo y Leo Sharp fue condenado a tres años en una prisión federal.” La mula, el nuevo largometraje de otro veterano de varias batallas, se basa libremente en ese período de la vida de Sharp y en los textos periodísticos de Dolnick para construir un personaje de ficción, Earl Stone, creado a imagen y semejanza de la persona cinematográfica cimentada por Clint Eastwood a lo largo de seis décadas en la pantalla. Como suele ocurrir, las diferencias con la realidad son muchas y de diversa índole, comenzando por el final de la historia, que el guion de Nick Schenk reconvierte en un triunfo personal contra las zonas erróneas del protagonista, una pequeña redención luego de décadas victoriosas del costado más oscuro de su personalidad. La mula, que tendrá su estreno en Argentina el primer jueves de 2019, es la primera película dirigida y protagonizada por Eastwood en diez años (Gran Torino fue el último título que lo ocupó en ese doble rol) y un retorno al tipo de relato crepuscular que, atravesando diversos géneros y tonos, el gran director nacido en San Francisco viene elaborando desde los tiempos de Los imperdonables en algunas de las películas que lo tuvieron al frente del reparto.
La mula marca también el regreso de texturas más clásicas luego del experimento –fallido o interesante, dependiendo del punto de vista– que significó 15:17 Tren a París. Un crucero por aguas que “el director más clásico del cine contemporáneo”, como suele afirmarse sin mucha controversia, conoce a la perfección, tanto en sus apacibles o convulsionadas superficies como en las profundidades más insondables. Rodeado de otras destacadas figuras de la actuación (Bradley Cooper, de regreso en su filmografía luego de Francotirador, un casi irreconocible Andy García, Laurence Fishburne, Dianne Wiest, su hija Alison Eastwood) la leyenda viviente estrena, a los 88 años, su largometraje de ficción número 37. Una película cuyo personaje principal, con 90 años a cuestas, “es más viejo que yo”, según declaró el realizador durante el estreno mundial en Los Angeles, hace un par de semanas. “La razón por la que sigo haciendo esto, en esta etapa de mi vida, es simple: sigo aprendiendo”, declaró en ese momento al periodismo presente. “Todavía es algo que encuentro interesante. Uno nunca puede saberlo todo. Y si lo sabe, entonces está en problemas.” Si Eastwood sabe más por viejo, por diablo o por el talento acumulado a lo largo de una extensísima carrera –que atraviesa el fin del período clásico de Hollywood y la primera era dorada de la tevé, el fulgor del cine italiano de alcance internacional y el nacimiento de un nuevo cine estadounidense, las diversas crisis políticas y sociales de su país y los nuevos formatos digitales de rodaje y exhibición– es algo que nadie puede responder con certeza. Lo cierto, de manera indiscutible, es que el personaje de Earl Stone marca un nuevo mojón en su indeclinable carrera, primo lejano del Walt Kowalski de Gran Torino, ese vecino huraño y cascarrabias que terminaba sacrificándose literalmente por su vecino joven e inmigrante, miembro de una minoría dentro de una minoría racial. En algún punto, los excepcionales “logros” de Leo Sharp en la vida real –manejar miles y miles de millas, ida y vuelta, con una peligrosa carga, durante casi una década, a una edad en la que la mayoría de las personas de su edad se han retirado de cualquier clase de actividad física– son comparables a los del propio Eastwood, quien viene dirigiendo incansablemente una película por año y que, en este caso, aporta además el rol protagónico. La última escena de La mula encuentra a Stone/Eastwood cuidando amorosamente una pequeña plantación de lirios y la cámara se detiene en sus brazos, atravesados por las marcas, manchas y escasa tersura típicas de una edad avanzada. La elección de ese plano no parece casual y posee todas las características de la autoconciencia. ¿Despedida final de la pantalla, al menos como actor? Tal vez. Tal vez no. Pero la dedicatoria en pantalla al legendario programador del Festival de Cannes Pierre Rissient y al crítico cinematográfico (y biógrafo de Eastwood) Richard Schickel aporta un poco más de peso específico a la sensación de clausura.

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