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sábado, 2 de abril de 2011

BAFICI 2011

Diez días de furia

El 6 de abril arranca una nueva edición del Bafici y, entre la euforia de las salas abarrotadas, la industria del cine evidencia sus contradicciones de siempre.

 

POR Juan Villegas

Ya es un lugar común señalar que el Bafici es uno de los eventos culturales más consolidados de la Argentina. Un milagro difícil de explicar, que atravesó a lo largo de doce años gobiernos municipales de distintas vertientes políticas y sobrevivió a cambios muy poco prolijos en la dirección artística. Pese a todo esto, ha sabido crear una identidad positiva, una legitimidad poco habitual en la cultura argentina. Sin embargo, la posición sólida que el Bafici parece ostentar no nos debe hacer olvidar que sufre el acecho permanente de dos amenazas de carácter muy distintas pero igual de peligrosas: la pereza propia y la envidia ajena.
Cuando hablamos de pereza, seríamos muy injustos si echáramos culpa a los programadores del Festival. El gran desafío de cada edición ha sido el de reinventarse a sí mismo y a la vez ser fiel a una identidad consolidada. Y esta edición no parece ser la excepción. Los objetivos principales son siempre los mismos, como solía repetir Quintín, director de la muestra entre 2001 y 2004: difundir películas extranjeras que no entran en los parámetros de los estrenos habituales de cada jueves; ser una plataforma para el lanzamiento internacional del cine argentino más innovador; y ser un punto de encuentro para los cineastas, críticos, programadores y demás interesados en este tipo de cine. Las innovaciones formales en la estructura de programación, el contenido de las actividades paralelas y el tipo de cine que se ha elegido programar dan cuenta de una vocación por seguir cumpliendo esos objetivos. Sin embargo, la situación que vive la exhibición internacional de cine independiente va a obligar al Festival, de ahora en más, a una mayor creatividad, a ponerse también en el lugar de vanguardia de la distribución y no sólo de la exhibición.
¿Qué se quiere decir con esto? La mayor parte de los festivales de cine de todo el mundo deben su existencia a que la distribución de cine alternativo en las salas comerciales ha ido menguando progresivamente. En otras décadas, los festivales estaban pensados para que las películas extranjeras encuentren distribución en el país en el que se desarrollaba el evento o, directamente, como vidriera de promoción para aquellas que ya tenían el estreno asegurado. Con la disminución paulatina en la variedad del cine que se estrena, los festivales pasaron a ser no ya un medio para conseguir distribución sino el objetivo último de exhibición para los productores o titulares de los derechos de las películas. Restringida la posibilidad de ventas internacionales, el pago de derechos de exhibición – screening fee , en la jerga festivalera– pasó a ser la mejor (a veces la única) opción para la recuperación financiera fuera del país de origen. Desde el lugar del productor independiente, o incluso desde el del agente de ventas, es legítimo que exijan cobrar por proyecciones en las que el espectador paga su entrada y a través de las cuales se prestigia el evento. Sobre todo cuando la participación de la película en el festival no va a generar ni directa ni indirectamente otros ingresos. En parte por esta situación el Bafici ha implementado hace dos años un premio en efectivo para la distribución en la Argentina de la película ganadora de la Competencia Internacional. De todas formas, como nos señala el director del Bafici, Sergio Wolf, los agentes de ventas siguen pidiendo plata por películas que compiten por ese premio. “Ahí hay un problema para el cine independiente más arriesgado, para las películas más chicas, sobre todo de directores nuevos. Los festivales pasaron a ser la ventana de exhibición por medio de la cual los agentes de venta buscan recaudar. Y cada vez piden más plata. Pero los festivales tienen el mismo o menos presupuesto. Y las películas de autores consagrados (como Herzog o Godard, por ejemplo) se van a seguir pagando, porque no pueden faltar en un festival. Pero van a empezar a quedar afuera las chicas, porque por algún lugar va a haber que recortar”, apunta. Wolf lamenta que en un futuro cercano los festivales repliquen, de alguna manera, la lógica de concentración y falta de diversidad que existe en la exhibición convencional.
En este marco, es remarcable la presencia en el Bafici de ACID, una asociación de directores de cine franceses, que promueve la difusión del cine independiente. A través de auspiciantes y de la propia participación directa de los directores, logran ayudar, con distintas iniciativas, a entre veinte y treinta películas por año. Sergio Wolf participará en un encuentro público con Fabienne Hanclot, quien representa a esta asociación, que lleva por título “Distribuir y exhibir cine independiente”, el sábado 9 de abril a las 15 en el Punto de Encuentro Bafici. Wolf sostiene que la clave del éxito de esta organización es que está conformada por cineastas. “Algo así no puede nacer por iniciativa de un organismo estatal. Y en ese sentido creo que la solución al problema de la exhibición de cine independiente en la Argentina tiene que salir de los propios directores argentinos independientes.” No se trataría, según esta idea, de que los directores se conviertan en exhibidores, sino en trabajar sostenidamente para crear una red nacional de exhibición alternativa, que incluya no sólo a las películas argentinas independientes sino también al cine internacional de calidad que ve restringida su posibilidad de estrenarse. El Bafici demuestra cada abril (y en el transcurso de los meses siguientes, a través del Bafici itinerante, que lleva algunas de las películas a distintas ciudades del país) que hay un público posible para un cine alejado de las formulas comerciales dominantes. Sin embargo, por alguna razón, esa curiosidad no se replica durante el resto del año. ¿Por qué durante el Bafici se agotan funciones de películas rarísimas, argentinas y extranjeras, las cuales luego no llegan a estrenarse o, si lo hacen, solo logran atraer a un puñado reducido de espectadores? Wolf despliega algunas hipótesis: “Hay una confianza del espectador en los criterios de programación del Bafici. Por otra parte, la calidad técnica de las proyecciones es difícil de sostener en los circuitos alternativos fuera del Festival. Y está la presencia de los directores en las salas, y todo un marco que contiene a las películas”. Es fácil coincidir con el director del Bafici. Pero para no quedarse sólo en el lamento, habría que trabajar para crear un circuito alternativo que contenga esas características que hacen del Festival un suceso: criterios coherentes de programación, buena calidad de proyección y un marco adecuado que contenga a las películas a través del vínculo directo de los directores con el público. “Hoy existe un capital cinematográfico como nunca antes en la Argentina: treinta o cuarenta directores que pueden hacer películas de calidad. Y eso se puede perder si no se hace algo”, concluye Wolf.
Al principio de esta nota hablamos del acecho de la envidia. Un buen festival de cine, por naturaleza, es selectivo. Cuanto más radical es su criterio de selección, mayor será su identidad y más grandes serán las posibilidades de que se destaque en un mundo donde los festivales de cine abundan. El Bafici ha logrado su consolidación por lo que elige programar, pero también por lo que deja de programar. El cine argentino, afortunadamente, es vasto y diverso. Está claro que el Bafici, al elegir las películas argentinas que forman parte de la programación, hace un recorte, que no tiene sólo que ver con el gusto de los programadores sino sobre todo con una postura política. En la selección de películas argentinas hay un reconocimiento a formas artesanales de producción y a narraciones alternativas. Y está bien que así sea, ya que hay otros organismos que se encargan de apoyar a la producción más industrial y a la narración más convencional. Sin embargo, siempre habrá quien se sienta injustamente ignorado por el Bafici. La fuerza de esa bronca y resentimiento contra el Bafici puede ser peligrosa. El año pasado hubo un intento de llevar adelante un proyecto de ley para regular el funcionamiento del festival, el cual, tras enunciados supuestamente progresistas como la igualdad de género y la democratización en los criterios de programación, escondía un intento de limitar la libertad artística del festival y encapsular su estructura en un sistema corporativo representado por las entidades del sector cinematográfico. El error estaba en confundir un festival de cine con un organismo de fomento como puede ser el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, que necesariamente debe ser abarcativo y con un criterio lo más universalista posible. La iniciativa parece no haber prosperado, pero se hace necesario estar atento. Las cosas buenas también pueden desaparecer.
En un mundo cinematográfico perfecto, los festivales de cine no existirían. Las películas más radicales y libres se estrenarían en los cines y encontrarían su público durante todo el año, sin necesidad de que se amontonen en diez días frenéticos. Tal vez haya que agradecer la imperfección del mundo que nos toca, que hace posible nuestro Bafici de cada año.

1 comentario:

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    nolvadex

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